Cuando hacemos esta pregunta, la mayoría responde casi de inmediato:
Porque se ve mejor.
Y, aunque la respuesta es correcta, también está incompleta.
Si el color existiera únicamente para hacer más atractivo un producto, probablemente bastaría con elegir un tono agradable y fabricar todo de esa manera. Sin embargo, basta observar con atención los objetos que nos rodean para descubrir que el color cumple una función mucho más importante.
En realidad, gran parte del uso del color en nuestra vida cotidiana puede resumirse en dos grandes propósitos: comunicar y proteger.
El color comunica mucho antes que las palabras
Existe una palabra que suele incomodar cuando aparece en una conversación: vanidad.
La asociamos con arrogancia, superficialidad o exceso. Sin embargo, no toda vanidad tiene un significado negativo.
Como sucede con muchas herramientas, todo depende del uso que hagamos de ella.
Un cuchillo puede preparar una excelente comida o convertirse en un arma. Un martillo puede servir para construir una casa o para destruir una ventana. La herramienta no determina el resultado; lo hace la intención de quien la utiliza.
Con la vanidad ocurre exactamente lo mismo.
A la mayoría de nosotros nos gusta presentarnos bien. Elegimos nuestra ropa antes de una reunión importante, limpiamos nuestro automóvil antes de venderlo o dedicamos tiempo a preparar una presentación para un cliente. No porque intentemos aparentar algo que no somos, sino porque sentimos satisfacción al cuidar los detalles y mostrar nuestro mejor trabajo.
Los productos también comunican.
Cuando una empresa desarrolla un nuevo envase, un juguete, una herramienta o un electrodoméstico, rara vez elige un color al azar. Cada tono transmite una sensación distinta y ayuda a construir la identidad del producto.
Imaginemos por un momento que todos los automóviles fueran exactamente del mismo color. Que todas las botellas, herramientas, cubetas, juguetes o artículos deportivos lucieran idénticos.
El mundo seguiría funcionando.
Pero sería mucho más difícil distinguir unos productos de otros.
Nuestro cerebro utiliza el color como un atajo para reconocer información. Muchas veces identificamos una marca antes por sus colores que por su logotipo, y reconocemos un producto antes de leer siquiera su nombre.
El color comunica identidad, personalidad y diferenciación.
El color también protege
Pero existe una segunda razón por la que el color resulta indispensable.
La seguridad.
Para comprenderlo, basta imaginar una ciudad donde desaparecen todos los colores utilizados para señalizar.
Las líneas que dividen los carriles tienen exactamente el mismo tono que el pavimento. Los señalamientos preventivos dejan de destacar. Las salidas de emergencia ya no pueden distinguirse fácilmente y los extintores se confunden con el resto de la pared.
Muy pronto descubriríamos que el color no solamente hace que las cosas sean agradables a la vista.
También nos ayuda a orientarnos.
Nos permite reaccionar con rapidez.
Y, en muchas ocasiones, puede evitar un accidente.
Desde pequeños aprendemos a interpretar el color casi sin darnos cuenta. Identificamos zonas de riesgo, rutas de evacuación, advertencias o equipos de emergencia antes incluso de leer el texto que las acompaña.
El color se convierte en un lenguaje silencioso que nuestro cerebro interpreta miles de veces al día.
¿Y qué tiene que ver esto con los plásticos?
Prácticamente todo.
Hoy convivimos con miles de productos plásticos que cumplen funciones completamente distintas entre sí. Algunos necesitan transmitir limpieza. Otros buscan proyectar tecnología, elegancia, frescura o confianza. Algunos requieren ser visibles a grandes distancias. Otros deben advertir un riesgo o cumplir normas de seguridad.
En todos esos casos, el color deja de ser únicamente una decisión estética y se convierte en una herramienta de comunicación.
Por eso, cuando desarrollamos un color para una pieza plástica, no solamente buscamos que el tono sea atractivo.
También buscamos que el producto comunique exactamente aquello para lo que fue diseñado.
Si estás revisando cómo llevar ese color a producción, puede ayudarte empezar por las diferencias entre pigmento y masterbatch, o revisar opciones de masterbatch y pigmentos para plástico según tu proceso.
Detrás de cada color existe una intención
Cuando observamos un objeto terminado, solemos pensar que el color fue una decisión sencilla.
La realidad es muy diferente.
Detrás de cada tono existe una intención.
Detrás de cada igualación existe una necesidad específica.
Y detrás de cada producto existe una persona que intenta comunicar algo, diferenciar su marca o brindar una mejor experiencia a quien utilizará ese producto.
Quizá por eso fabricar color nunca ha consistido únicamente en fabricar color.
Al final, el color ayuda a que las personas identifiquen, comprendan, recuerden y utilicen mejor los productos que forman parte de su vida cotidiana.
Y esa, probablemente, es una función mucho más importante de lo que parece a simple vista.